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Una pelicula de Carlos Sorin
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Juan Villegas (52 años) ha trabajado en la estación de servicio de una solitaria ruta patagónica durante los últimos veinte años de su vida. La estación ha sido vendida y los nuevos dueños piensan en modernizarla. Juan, junto con otros empleados, es despedido. Mientras busca otro empleo, intenta sobrevivir de una vieja afición: hace cuchillos con mangos artesanales. Pero no le va bien. Ni consigue trabajo ni vende cuchillos. Vive el drama de la desocupación en su aspecto más trágico: con la edad que tiene y sin especialización alguna, comienza a entender que ha sido descartado del mundo. La casualidad lo lleva a hacer un pequeño trabajo de reparación de un viejo vehículo en una estancia. La dueña, una señora mayor, necesita vender el auto de su difunto marido, porque también está en aprietos económicos. Cuando Juan finaliza el trabajo, ella ofrece pagarle con un perro que no es un perro cualquiera, sino un estupendo ejemplar de dogo, que su marido había comprado con la idea de fundar un criadero. Juan intenta negarse aduciendo que está sin trabajo y que, con semejante tamaño, el perro debe comer más que él. Sin embargo la viuda insiste en lo valioso del ejemplar y la buena compañía que puede ser para alguien que, como Juan, está solo. Es así como termina por convencerlo. A partir de allí la suerte de Juan comienza a cambiar. El perro, sin duda llamativo, es elogiado por muchos y Juan siente una cierta satisfacción porque entiende que parte de los elogios le corresponden a él, por ser ahora el dueño. Gracias al perro, consigue un puesto temporario de cuidador en un galpón de esquila y hasta el gerente del banco, fanático de los dogos, lo hace pasar a su despacho cuando Juan va a cobrar su escasa indemnización. Pronto advierte que su futuro está en el perro y contacta a Walter -un gigante entusiasta- que en los tiempos libres prepara perros para exposiciones. Walter opina que el perro arrasará con los premios. Entonces propone un pacto: serán socios cincuenta y cincuenta en las probables ganancias que dará el animal con los servicios que pueda dar. Comienza así un largo período de entrenamiento, no sólo del perro, sino también de Juan, que, según palabras de Walter, dejará de ser un desocupado para convertirse en un expositor. En la primera exposición les va muy bien y el perro gana un honroso tercer puesto. Festejan ruidosamente en un restaurante libanés, donde Juan conoce a una cantante árabe que le atrae. Entre el perro y la cantante Juan cree tocar el cielo con las manos. Pero pronto se dará cuenta que los instintos pueden jugarle una mala pasada.
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Una pelicula de Carlos Sorin 1 NOMINACIÓN. 1 GOYA. Mejor película extranjera de habla hispana
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A miles de kilómetros al sur de Buenos Aires, tres personajes viajan por las solitarias rutas de la Patagonia austral. Don Justo, de ochenta años y el dueño retirado de un almacén que ahora dirige su hijo, se ha escapado de la tutela de éste para buscar a su perro que ha desaparecido hace un tiempo y al que alguien dice haber visto en San Julián. Roberto, de cuarenta años, viajante de comercio, hace el mismo viaje en su viejo automóvil, llevando un incómodo cargamento: una tarta de crema encargada especialmente para el cumpleaños del hijo de una mujer joven, viuda reciente de uno de sus clientes de la zona. Ese mismo día y por la misma ruta viaja María Flores, de 25 años, con su pequeña hija. Lo hace en un transporte público. Es una mujer muy humilde que se ha enterado de que ha resultado ganadora en el sorteo de un programa de televisión cuyo premio mayor es una multiprocesadora. |